Historia de Robinson Chirinos

Hector Flores

Grande Liga
A los catorce años de edad, el tercer bate de los Navegantes del Magallanes en la final contra los Leones del Caracas estuvo dispuesto a marcharse de su casa y mudarse de ciudad para irse a vivir al parque Independencia de Puerto Cabello, separado de su hogar por cuatro horas de camino. No es de extrañar en un joven que se crió entre bates, pelotas y guantes y que ya a los cuatro abriles estaba uniformado.

Nacido el 5 de junio de 1984 en Punto Fijo, en el hospital Cardón, el falconiano tuvo “una infancia como todas, con mis seis hermanos, dos hembras y cuatro varones. Los cuatro jugamos pelota porque a mi papá le encanta el beisbol, aunque nunca pudo jugarlo a escala profesional. Él fue el que nos metió en este camino. Comencé a jugar a los cuatro años en la compotica, con Criollitos. El equipo era los Pelícanos de Punto Fijo. Ahí estuve casi toda mi infancia hasta el 98, cuando me vieron los Cachorros de Chicago en un nacional que hubo en Morón. Me vio Julio Figueroa primero, y Héctor Ortega, después”.

Fue en ese momento cuando Chirinos tuvo que tomar la decisión más importante de su vida: jugar beisbol o estudiar y sacar una carrera. El camino que tomara iba a determinar todo su futuro, pero el muchacho escogió en cinco segundos. Al menos, eso es lo que recuerda él. Y no fue por irreflexivo, sino por convencido. “Nunca lo voy a olvidar”, describe el careta de la nave.

“Mi papá me sentó en las gradas del estadio Independencia y me puso a decidir entre jugar al beisbol y los estudios. Recuerdo clarito que le dije: yo quiero ser pelotero. Era difícil, pero yo sabía que era lo mío, era mi sueño de pequeño. Sabía lo que tenía que hacer porque incluso me entrenaba, corría, estaba preparado para eso. Le respondí en cinco segundos: yo quiero ser pelotero. Vivía en el estadio, ellos tienen dormitorios y todo. Así que desde los 14 años ando por ahí. Y las cosas me salieron bien”.

El camino escogido no fue el más fácil. “Obtuve una beca para estudiar y jugar con los Cachorros de Chicago. En la mañana practicaba con ellos y en la tarde iba al colegio”, rememora Chirinos. “Saqué mi bachillerato en el liceo José Antonio Páez. Mi papá sacó un equipo que se llama las Estrellas de Falcón, pero yo estaba en Puerto Cabello, así que de lunes a viernes estaba en Puerto Cabello y el fin de semana estaba en mi casa y jugaba con las Estrellas. Firmé en el año 2000, no jugué ese año porque tenía 16 y dos meses, así que empecé al año siguiente en Estados Unidos, en la liga de Novatos. De allá para acá ha sido una carrera larga, de obstáculos en el camino. Pero siempre he sido un trabajador. Todo lo que ha pasado este año ha sido por el trabajo”.

Le costaba dar batazos

Cuesta creer que a Robinson Chirinos, tercer mejor average de la temporada, líder en slugging y OPS, le haya costado batear al comienzo. “Siempre supe que podía hacerlo, pero se me hizo difícil en los primeros años, no sé si porque estuve en los Criollitos, donde no se veían curvas, solo rectas y cambios, al menos hasta Junior. Por eso me costó ser consistente, comenzaba bien, sobre .300, y luego caía. Luego fui aprendiendo y madurando. Trabajé en el gimnasio, hacía pesas, comía bien”.

Ese no fue el único obstáculo para Chirinos. Luego debió afrontar el reto de asimilar un nuevo idioma, una nueva gente, una nueva sociedad, la estadounidense. “Mi papá se fue conmigo las dos primeras semanas”, cuenta el jugador.

“El idioma es la barrera principal para todo pelotero que va por primera vez. No tanto en el estadio, porque allí uno sabe lo que tiene que hacer, pero afuera es complicado. Yo compré un curso de inglés, pero fue un amigo mío, Rafael Vásquez, que era mi compañero de cuarto, el que lo aprovechó. Aprendió inglés primero que yo. Me ayudaba a pedir las comidas, pero al segundo año a él lo dejaron libre, así que tuve que hacer las cosas solo. Luego me acostumbré”.

Cambió el guante por la mascota

La idiomática no fue la última barrera que tuvo que saltar Chirinos. Firmado como campocorto, e infielder en los primeros años en el norte, este año empezaron a usarlo con regularidad detrás del home. Aquí no decidía él, más allá de escoger si aceptaba el reto o no. Ya lo conocen, saben que le metió el pecho al peto. “Cuando me hicieron catcher no sabía los resultados, pero me gustaba, me sentía bien jugando en la receptoría y lo hacía con el corazón”, ilustra.

“El trabajo con las piernas fue lo más difícil porque yo llevaba dos años jugando SS, así que hacía más trabajo de agilidad, no hacía muchas pesas para poder moverme bien en el short. Y eso me pegó, sobre todo en el bateo. Cuando iba a batear me sentía sin fuerza en las piernas y hay que tener fuerza en las piernas para batear. El año pasado vine aquí y me tracé la meta de aprender e hice un programa con las piernas. El trabajo es importante, siempre les digo a los muchachos que ves los frutos a largo plazo. Ya llevo 130 juegos quechando y todo ha salido bien”.

El apoyo incondicional de Clemente Álvarez

Con frecuencia se va a Clemente Álvarez, careta de los turcos en las dos finales previas contra Caracas, aleccionando al actual máscara magallanero, Robinson Chirinos, quien considera al ex receptor un maestro.

“Clemente siempre habla conmigo, fue el primero que me ayudó”, destaca el artillero derecho. “El año pasado trabajaba con él cuatro, cinco veces a la semana porque él estaba aquí (era coach, ahora forma parte del equipo de scouteo del Magallanes). Bloqueábamos bolas, lanzábamos a las bases. Trataba de colocarme cerca de él en el juego para aprender. Me ha ayudado a llamar los juegos, a saber cómo se hacen las cosas”. declaró el rececptor turco.

Seguimiiento de Blassini

Pero Álvarez no es el único con el que está agradecido. “Luis Blasini fue a Estados Unidos a verme y eso me decía que estaban pendientes y que iba a recibir oportunidad”, señala. “La oportunidad dependía de cómo hiciera yo el trabajo. Carlos (García, el mánager) confió en mí y no era fácil para él, porque Magallanes venía de estar dos años eliminado, y él estaba en su primer año aquí y quería clasificar. Así que no era fácil darme esa responsabilidad por la poca experiencia que tenía. Afortunadamente confió en mi y salió bien”. cerró.
 
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